lunes, 14 de septiembre de 2015

Irán y Rusia ganan tiempo para El Asad con su despliegue en Siria

Bashar el Asad saluda al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. / UNCREDITED (AP)

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Washington y Riad piden la renuncia del presidente antes de aceptar una salida negociada


Larga vida a Bachar el Asad

JUAN CARLOS SANZ Jerusalén 14 SEP 2015 - 13:37 CEST


Rusia e Irán están reforzando su presencia militar en Siria mientras el Ejército del presidente Bachar el Asad no deja de retroceder desde hace seis meses y apenas controla ya un 20% del territorio del país. El despliegue de Moscú y Teherán no persigue dar un vuelco al conflicto, sino consolidar los frentes y ganar tiempo a favor de su aliado ante la eventual apertura de un proceso de negociaciones para poner fin a la guerra. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, confirmó el domingo que el Kremlin seguirá entregando armamento a su aliado árabe.

En cuatro años y medio, las hostilidades se han cobrado más de 250.000 vidas. Con cuatro millones de refugiados y más de siete millones de desplazados internos, la marea del éxodo ha desbordado a los países vecinos y se ha extendido hacia Europa. Naciones Unidas estima que hasta el final de este año huirán un millón de refugiados más si prosiguen los enfrentamientos con la misma intensidad.

“El Ejército de El Asad se encuentra ahora claramente a la defensiva”, puntualiza Bruce Maddy-Weitzman, investigador principal del Centro de Estudios de Oriente Próximo en la Universidad de Tel Aviv. “El apoyo de Irán y Rusia ha sido esencial para su supervivencia, y ambos están redoblando ahora su ayuda, que presumiblemente servirá para detener la hemorragia que sufre el régimen en sentido literal y figurado”.

Los servicios de inteligencia se refieren ya a la zona controlada por el El Asad como “Little Syria” o “Alauistán”, en referencia a la minoría alauí (secta islámica cercana a los chiíes) a la que pertenece el presidente. Se trata de la región de Damasco, la franja costera de Latakia —el gran bastión alauí—, y Qalamun, en la estratégica frontera con Líbano. Mientras, el Estado Islámico controla el este del país árabe desde su feudo de Raqqa, los kurdos se hacen fuertes en el noreste, y el sur se lo reparten otras milicias rebeldes e islamistas.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos ha revelado que Rusia está construyendo una pista de aterrizaje para aviones de gran capacidad cerca de una base en Latakia, con centenares de consejeros militares desplegados sobre el terreno. La red de seguimiento de esta ONG viene a confirmar la alerta lanzada por el Pentágono sobre una intensificación de la presencia de tropas rusas en Siria. Mientras tanto, centenares de miembros de un grupo de combate de la Guardia Revolucionaria iraní han tomado posiciones cerca de la frontera libanesa en los últimos días, según fuentes militares israelíes citadas por el diario Haaretz.

“La actual crisis de refugiados está demostrando con crudeza que la inacción de los países occidentales en Siria desde 2011 tiene un elevado coste”, advierte un analista

La demostración de fuerza del Kremlin y de la República Islámica en la región representa un claro respaldo para El Asad, pero ante todo obedece a intereses de seguridad propios. La base naval de Tartus, próxima a Latakia, es la única con la que cuenta la flota rusa en el Mediterráneo. Siria también ofrece un acceso directo al régimen de los ayatolás para reforzar a sus aliados libaneses de Hezbolá, que a su vez apoyan en el frente al Gobierno de Damasco.

“Moscú y Teherán pretenden forzar un estancamiento del conflicto para que pueda surgir un proceso diplomático que permita la supervivencia del régimen, al menos en parte del país”, sostiene el profesor Maddy-Weitzman. “Ambos se sienten libres para actuar, una vez concluido el acuerdo sobre el programa nuclear iraní con las grandes potencias”.

El enviado de Naciones Unidas para Siria, Staffan de Mistura, es consciente de que no ha llegado aún la hora de las negociaciones. El mediador internacional propuso al Consejo de Seguridad de la ONU el 29 de julio la creación de “grupos de trabajo” entre los bandos para intentar limitar los daños a la población civil. La alta representante para Política Exterior de la UE, Federica Mogherini ha planteado a su vez la creación de un “grupo de contacto” internacional sobre Siria.

A pesar de las numerosas reuniones diplomáticas mantenidas durante el verano, los analistas del conflicto parecen pesimistas. “Nadie está dispuesto a buscar un compromiso o a hacer concesiones”, advierte el director de Syria Comment, Joshua Landis,en respuesta a una encuesta sobre las perspectivas negociadoras publicada por el experto Aron Lund en Syria in crisis. “El Asad puede ser forzado a retroceder, pero no a renunciar al poder”. El dilema es difícil de resolver: ¿Puede el tirano que ha provocado el conflicto ser parte de la solución?

Los analistas destacan que EE UU y las naciones árabes suníes se niegan a dialogar con el presidente sirio. Insisten en que consideran que para desbloquear el diálogo, el círculo de poder de El Asad debería convencerle de que se retire para permitir que el régimen siga en pie y pueda participar en las negociaciones diplomáticas.

Los ministros de Exteriores español, José Manual García-Margallo, y británico, Phillip Hammond, han coincidido recientemente en apuntar que, en una transición pragmática para poner fin a la guerra, se deberá tener en cuenta de algún modo al presidente sirio. Lo mismo aventuró en marzo el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, cuando los avances del Ejército de El Asad hacían presagiar su victoria. Ahora EE UU parece haber cambiado de criterio.

“El Asad aceptaría cualquier oferta de negociación que incluya una fase de transición en la que pueda participar, ya que le aportaría legitimidad internacional y le permitiría ganar tiempo. Pero la fragmentada oposición siria y sus aliados [con Arabia Saudí, Turquía y Qatar a la cabeza] se oponen por esa misma razón”, sostiene el investigador de la Universidad de Tel Aviv. “La actual crisis de refugiados está demostrando con crudeza que la inacción de los países occidentales desde 2011 tiene un elevado coste”.

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