lunes, 25 de julio de 2016

CONVENCIÓN DEMÓCRATA

Bernie Sanders y Hillary Clinton en el debate de Milwaukee, Wisconsin, el pasado mes de febrero - REUTERS

Clinton pone a prueba en Filadelfia sus dotes para unir al partido y la nación

A pesar del apoyo de Sanders a Hillary, el cónclave amenaza con reabrir las cicatrices de las primarias

Por JAVIER ANSORENA- jansorenaEnviado Especial A Filadelfia


Los dos candidatos demócratas a la presidencia de EE.UU., Hillary Clinton y Bernie Sanders, se dieron un abrazo –incómodo, impostado– el pasado 12 de julio en un mitin en New Hampshire. El senador de Vermont, después de más de un año dándole cera a Clinton y al establishment del partido demócrata, reconocía por fin la victoria de su adversaria, le daba su apoyo y se comprometía a «hacer todo lo posible» para ayudarla a llegar a la Casa Blanca. Era el contrapunto ideal al partido republicano, que pocos días después celebraba en Cleveland (Ohio) una convención turbulenta, con pesos pesados del partido ausentes –los Bush, Romney, McCain o Kasich– protestas en las calles, una pequeña revuelta de delegados «antitrump» y un discurso del nominado agresivo y polarizante. Frente al Trump que divide a su partido y a la nación, Clinton podría mostrarse como la candidata de la unión, empezando por la que ha conseguido en su propia casa.

Esa unidad se pondrá a prueba a partir de hoy en Filadelfia, donde el partido demócrata celebra su convención hasta el próximo jueves. La idea es ofrecer una imagen de sensatez ante el populismo de Trump y celebrar el hito histórico de colocar a una mujer como la primera nominada a la presidencia por uno de los dos grandes partidos. Pero, cuando todavía ni siquiera se ha golpeado el mazo que da inicio a las sesiones de la convención, el bloque demócrata parece agrietado.

El pegamento del abrazo entre Sanders y Clinton no parece tan fuerte como para cerrar las diferencias entre ambos evidenciadas

La nominación de Kaine para el ticket presidencial ha sido un jarro de agua fría para el ala izquierdista durante las primarias. Durante meses de pelea por conseguir los delegados suficientes para la nominación, Clinton y Sanders parecían en ocasiones candidatos de partidos diferentes. El senador por Vermont predicaba la «revolución política», prometía disparar el salario mínimo y educación universitaria gratuita, acusaba de «amañado» el sistema de financiación electoral del que se beneficia Clinton y condenaba sus lazos con Wall Street. El suyo ha sido un populismo que pescaba, como Trump, del descontento de la clase media, pero por la orilla izquierda. Fue una campaña arrolladora, en la que consiguió poner contra las cuerdas a Clinton contra pronóstico y que acabó por abrir brechas en el electorado demócrata. Después de meses de batalla, la desconexión de Clinton con el voto joven y con la clase media de raza blanca es evidente.
Ideología y concesiones

Filadelfia debe ser el lugar para restañar esas heridas, pero los días previos al inicio de las sesiones no invitan al optimismo: la filtración de Wikileaks de emails internos que dejaban clara la parcialidad del Comité Nacional Demócrata (DNC) contra Sanders y a favor de Clinton ha hecho supurar la llaga. Ayer, el senador por Vermont obtenía la dimisión de la presidenta del DNC, Debbie Wasserman Schultz. Pero hay más: el ala de Sanders ha criticado la composición del comité encargado de redactar la «plataforma» del partido, el ideario que articulará su asalto a la Casa Blanca (aunque el partido lo definió como «el más progresista de su historia» e hizo concesiones a Sanders como el salario mínimo de 15 dólares por hora); también han peleado sin éxito todo este fin de semana en el Comité de Reglas del partido para eliminar la figura de los «superdelegados», los que no se eligen en primarias, normalmente cargos del partido y que apoyan de forma masiva a Clinton; la elección de Tom Kaine para el ticket presidencial –un político del establishment y de corte centrista, que podría tranquilizar a republicanos incapaces de votar a Trump– fue un jarro de agua fría para la corriente izquierdista, que hubiera aplaudido la elección de un perfil más peleón con Wall Street como Elizabeth Warren.

Ayer, Filadelfia no parecía una ciudad ansiosa por celebrar a Clinton y su histórica nominación, que culmina décadas de lucha por la igualdad política de las mujeres. Los seguidores de Sanders eran los más visibles, los más activos. Se niegan a que la revolución política que les prometieron se vea diluida entre discursos de expresidentes, globos y confeti. Haymarchas y mítines organizados toda la semana que pondrán a prueba la fachada de unidad con la que los demócratas llegan a la ciudad en la que se forjó la democracia estadounidense.

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