lunes, 10 de abril de 2017

Los socialistas chilenos le dan la espalda a Ricardo Lagos

Ricardo Lagos durante su designación en enero. REUTERS

CHILE

El partido elige al periodista Alejandro Guillier como su candidato a la presidencia


Por ROCÍO MONTES - Santiago de Chile

Es probablemente el socialista chileno de mayor reconocimiento internacional luego de Salvador Allende y el primer socialista que llegó a La Moneda luego del retorno a la democracia en 1990. El expresidente Ricardo Lagos, sin embargo, no cuenta con el apoyo del Partido Socialista (PS) chileno para intentar ganar las presidenciales que se celebrarán en noviembre próximo. El pleno del comité central del partido esta tarde ha elegido oficialmente al senador independiente Alejandro Guillier, de centroizquierda y de profesión periodista, como su candidato a las elecciones. Aunque recién debutó en política en 2014 como parlamentario, Guillier tiene algo que le falta a Lagos en tiempos de pragmatismo: obtiene un 23% en las encuestas, mientras que el exmandatario apenas un 3%, de acuerdo a la última encuesta de Adimark.

Sin el apoyo de los socialistas, la postulación del exmandatario queda muy debilitada y con altas probabilidades de extinguirse. Como resulta difícil que se anime a llegar a las primarias oficialistas del 2 de julio sin un respaldo transversal del centroizquierda, se sospecha que abandonará la carrera en las próximas horas. Pero sin la participación de Lagos, a su vez, existen altas posibilidades de que la consulta ciudadana finalmente no se realice. El proceso de elección presidencial de este sector político ha sido bochornoso y se trata de una muestra más de la descomposición del oficialismo chileno, que advierte que la derecha tiene mayores posibilidades de ganar las próximas elecciones, de la mano del expresidente Sebastián Piñera.

Lagos no ha logrado subir en las encuestas porque la campaña del expresidenteha estado llena de complejidades. En septiembre pasado anunció su disponibilidad para competir, pensando que conquistaría rápidamente a dos de los partidos de la Nueva Mayoría, la coalición oficialista: el Partido por la Democracia (PPD), donde milita, y el PS, que le reconoce a Lagos una militancia simbólica, aunque no está inscrito formalmente. Pese a las pretensiones del exjefe de Estado, sin embargo, ambos partidos dilataron sus definiciones y el PPD lo proclamó recién en enero. Los socialistas, en tanto, buscaron múltiples excusas para finalmente no darle su respaldo, como ha quedado sellado esta tarde.

Sin el apoyo de esos dos partidos progresistas, que supuestamente sentían a Lagos como una de sus principales figuras, al expresidente se le hizo muy complejo poder seguir avanzando en los respaldos partidarios y su campaña fue la de un candidato huérfano. La Democracia Cristiana, una fuerza importante dentro del oficialismo, estaba abierta a apostar por su candidatura, porque Lagos garantizaba la continuidad del entendimiento entre el centro y la izquierda, que fue la base del exitoso proyecto político de la Concertación (1990-2010). Pero la indefinición socialista terminó por aburrir a los democristianos, que levantaron a su propia candidata presidencial, la senadora Carolina Goic. Lagos, con el pasar de los meses, se fue desangrando.

A sus 79 años, desde septiembre recorrió casi todo Chile haciendo campaña y centró su postulación sobre todo en el contenido. Pero ocurrió un fenómeno que lo fue aplastando: pese a que no tiene relación con los escándalos que se han conocido en los últimos años en Chile, por los cruces de política y dinero, Lagos comenzó a convertirse en el símbolo de la vieja forma de ejercer el poder que actualmente está desprestigiada en este país. El expresidente, a su vez, resultó gravemente perjudicado por una crítica a la transición a la democracia que se ha extendido desde diferentes sectores, incluso desde el oficialismo. Como una de sus principales figuras, se le culpó de los avances en la medida de lo posible y de las supuestas concesiones al empresariado y la derecha.

Si Lagos hubiese marcado bien en las encuestas, probablemente el PS no hubiese estado tensionado entre elegir a Guillier —un senador apoyado por el Partido Radical, sin mayor historia política en la centroizquierda— y un expresidente cuya fotografía cuelga de las paredes de la oficina de la presidencia de PS, junto con la de Allende y la de Michelle Bachelet. En momentos de pragmatismo y ansiedad por la alta probabilidad de perder el poder en las elecciones, la decisión del PS no estuvo determinada por un proyecto de país ni necesariamente por un asunto ideológico. Cuando la Nueva Mayoría está descompuesta –como muestra el bajo índice de aprobación de sus partidos y al Gobierno–, la definición socialista tiene relación con el corto plazo y la suposición de que la llave del éxito la tendría Guillier.

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